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Es el último día de clase. Las notas ya están entregadas, no quedan tareas pendientes, los grupos de WhatsApp echan humo y en muchas casas se escucha este comentario: “Este verano, que desconecte”. Las vacaciones estivales llegan como un premio: Menos madrugones, menos prisas, más tiempo en la calle y con amigos…
Para muchos adolescentes, los meses de calor se convierten en un gran paréntesis donde todo gira alrededor de las amistades y el tiempo libre: Fiestas del pueblo, noches que se alargan, escapadas improvisadas, tardes eternas en el parque… Y en medio de ese escenario, aparece un agente inesperado: los consumos experimentales. “Solo es un trago”, “¿Qué mas dará por una calada?”, “Si me quedo hasta tarde jugando no pasa nada”.
Pero el problema no siempre está en ese momento concreto, sino en lo que viene después. Lo que parecía ligado al verano puede prolongarse durante la vuelta a las clases. El riesgo no está únicamente en consumir, sino es cómo se normaliza esta conducta cuando se repite y termina incrustándose en la vida diaria.
¿Por qué el verano dispara el consumo de drogas en adolescentes?
La llegada del verano provoca algo más que un cambio de tiempo. La forma en la que los adolescentes viven el día a día da un giro de 180º: La rutina escolar se detiene, las responsabilidades se reducen y, de repente, aparecen muchas horas libres que hay que llenar. En ese espacio se mezclan las ganas de disfrutar, la curiosidad y, a veces, la sensación de que “en verano todo vale un poco más”.
Para un adolescente, esa combinación puede resultar muy atractiva… pero también muy peligrosa si se junta con ciertos ingredientes. Más libertad, menos supervisión adulta, muchos planes nocturnos y un entorno donde amigos y amigas también están probando cosas nuevas.
Dentro de este contexto se dan varios factores:
- Más tiempo libre sin estructura
- Sensación de paréntesis
- Presión y pertenencia al grupo
Todo esto prepara el caldo de cultivo para que se den los primeros acercamientos a las sustancias y, en consecuencias, los consumos experimentales. No aparece por arte de magia. Se construye sobre un entorno que lo hace fácil, accesible y, sobre todo, aceptado. Y el verano, sin cuestionarlo, a menudo ofrece exactamente eso.
¿Qué consumen los jóvenes en verano y en qué contextos?
En esos planes de verano que casi todos imaginamos (fiestas del pueblo, verbenas, botellones, barbacoas, quedadas en casa…) aparecen ciertas sustancias una y otra vez. No son nuevas. Han estado siempre ahí. Y en la adolescencia incrementan su presencia.
El alcohol y el cannabis suelen estar entre los protagonistas. La mayoría de primeras experiencias se producen en contextos de ocio: un cumpleaños, las fiestas patronales, la típica noche de “hoy nos quedamos hasta que amanezca”. A esto se suma, en muchos casos, el tabaco, que entra de forma más silenciosa, pero abre puertas importantes.
Algunas escenas típicas de verano:
- Grupos que se reúnen antes de las fiestas para “calentar” con bebidas.
- Porros que circulan de mano en mano en un banco, un parque o la playa.
- Mezclas de alcohol con bebidas energéticas para aguantar toda la noche.
- Cigarros que se comparten “solo para probar” y se quedan como costumbre.
Muchas familias interpretan estas situaciones como “cosas de la edad” o “un mal menor, mientras no vaya a más”. Sin embargo, estas tomas de contacto no son tan inocentes. Marcan la forma en que la persona va a relacionarse con el ocio, con el propio cuerpo y con sus emociones.
Más allá de la celebración: cuando la soledad motiva el consumo
Además, no todo consumo veraniego está ligado a fiesta y celebración.
Hay adolescentes que viven el verano como una etapa más difícil: menos amigos, más conflictos en casa, más tiempo a solas con pensamientos que duelen.
En estos casos, el alcohol, el cannabis o el tabaco no se usan solo “para pasarlo bien”, sino para no sentir tanto, para calmar esos pensamientos, para dormir mejor o para olvidarse unas horas de lo que pasa.
Cuando el consumo se convierte en refugio, el riesgo de que se mantenga después del verano aumenta.
Pantallas y redes sociales: La cara digital en vacaciones
La experimentación no han de venir, exclusivamente, en forma de botella o cigarrillo.
En verano, hay otro “consumo” que crece de forma silenciosa: La pantallas y las redes sociales. Sin colegio, sin deberes y con muchas horas libres, el móvil, la consola y el ordenador pueden convertirse en uno de tus compañeros permanentes.
Al principio parece sencillo e inocente: un rato de videojuegos, unos vídeos cortos, un par de series… Pero poco a poco ese “ratito” se alarga. Tardes enteras conectado, noches que pasan mientras estás delante de la pantalla y una sensación sentirte incapaz de relacionarte o disfrutar si no tienes el móvil cerca.
Aquí no importa solo el tiempo que se pasas frente a la pantalla, sino para qué lo usas:
- Para matar el aburrimiento cuando no hay plan.
- Para evitar pensar en cosas que generan ansiedad o tristeza.
- Para no sentirte fuera de lo que hacen los demás.
- Para buscar una sensación rápida de alivio o de euforia.
Cuando la pantalla se convierte en el lugar al que se acude siempre que algo va mal, el uso deja de estar enmarcado en el ocio y funciona como “anestesia digital”. Se aplazan problemas, se posponen emociones, pero no desaparecen.
En verano, además, es fácil que se diluyan los límites: dormir poco por quedarse conectado, levantarse tarde, comer con el móvil en la mano, contestar mensajes a cualquier hora.
Y el problema viene más tarde. Recuperar los hábitos sanos se hace mucho más difícil, sobre todo si nadie ha puesto freno durante semanas o meses
Efectos en la salud mental y señales que conviene mirar de cerca
Los consumos experimentales de verano (ya sean de sustancias o de pantallas) no se quedan solo en anécdotas. Tienen un impacto en cómo te sientes, cómo duermes, cómo te relacionas y cómo afrontas el día a día.
A nivel emocional pueden aparecer:
- Más ansiedad, nerviosismo o inquietud sin motivo claro.
- Cambios de humor frecuentes.
- Problemas de sueño, que se manifiestan en dificultades para dormir, hacerlo pocas horas o mal.
- Sensación de vacío, apatía o desánimo, aunque “en teoría” todo vaya bien.
Durante el verano, estas señales se confunden a menudo con el propio desorden de horarios, con “lo mucho que se está saliendo” o con “cosas típicas de la edad”. Por eso pasan desapercibidas.
El “revelador” suele ser septiembre. Al volver al instituto, al trabajo o a la rutina:
- Cuesta mucho más concentrarse y rendir igual que antes.
- Aparece la sensación de necesitar consumir para disfrutar o para relajarse.
- Se huye de planes en los que no se puede beber, fumar o conectarse.
- Se reduce el contacto con amistades de siempre y crece el aislamiento.
- Los enfados y las discusiones en casa aumentan cuando se ponen límites.
Estas señales no significan siempre que haya un problema grave, pero sí que merece la pena parar, observar y preguntar qué está pasando. Son oportunidades para intervenir a tiempo, antes de que ese consumo que nació en verano se convierta en hábito.
Cómo acompañar desde la familia
Como familiar, controlar lo que hace un adolescente es imposible, además de inapropiado en ciertos casos. No obstante, podemos ser una red de seguridad clave. No hace falta ser un experto en adicciones para cuidar, basta con estar, escuchar y tener la capacidad de hablar de lo que normalmente se evita.
Un buen punto de partida es la conversación cotidiana, pero sin entrar en conflicto:
- Preguntar cómo está, qué le ilusiona este verano, qué le preocupa.
- Interesarse por los planes sin interrogatorios (“¿Con quién vas?”, “¿Qué vais a hacer?”) pero con presencia.
- Hablar de alcohol, cannabis, tabaco y pantallas sin dramatizar, pero sin restar importancia.
En lugar de solo prohibir, ayuda mucho explicar por qué se ponen ciertos límites: horarios, lugares, uso de pantallas por la noche… Cuando un adolescente entiende que esa norma busca protegerle, no castigarle, tiene más margen para negociar, pero también para asumirla.
Cuando la situación se escapa: El momento de pedir ayuda
También es importante que las familias se permitan dudar. Sentir que “algo no va bien” aunque no haya una prueba clara ya es motivo suficiente para pedir orientación. Buscar ayuda profesional no significa que se haya fracasado como madre, padre o cuidador. Al contrario: es una forma de tomarse en serio lo que está pasando.
En muchos casos, una intervención temprana evita que el consumo vaya a más. A veces bastan unas sesiones de orientación para ajustar hábitos y recuperar equilibrio. En otras, es necesario un tratamiento más estructurado, donde se acompañe tanto a la persona adolescente como a su entorno.
Preguntas frecuentes
¿Cómo saber si el consumo de mi hijo o hija ya es preocupante?
Si el consumo se repite, lo necesita para “relajarse” o “pasarlo bien” y hay cambios claros en su comportamiento (irritabilidad, bajada de rendimiento, más aislamiento o problemas de sueño), es momento de prestar atención y valorar pedir orientación profesional.
¿Qué hacer si me dice que “todo el mundo lo hace” en verano?
Evita la pelea. Reconoce que quiere encajar, explica por qué te preocupa (salud, seguridad, bienestar) y mantén límites claros en horarios, lugares y uso de pantallas. Refuerza el mensaje de que puede divertirse sin consumir y que tu objetivo es cuidarle, no fastidiarle el verano.
¿Qué hago si descubro que ha consumido por primera vez?
No hay que quedarse en el enfado. Hablar con calma, preguntar qué pasó y cómo se sintió, escuchar sin ironías y expresar preocupación ayuda al acercamiento. Acordad límites para que no se repita y, si ves que vuelve a ocurrir o pierde el control, pide ayuda profesional cuanto antes.








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